La polarización política y el poder de las redes sociales están desdibujando una frontera fundamental. Tener convicciones no descalifica a un periodista, pero permitir que una causa determine la manera de contar los hechos puede poner en riesgo su mayor patrimonio: la credibilidad.
En tiempos de polarización, las redes sociales han convertido a los periodistas en protagonistas de una conversación pública que va mucho más allá de las noticias que producen. Sus opiniones se comparten, sus posiciones políticas son escrutadas y, en muchos casos, sus cuentas personales terminan teniendo tanta influencia como sus trabajos periodísticos.
El problema no está en que un periodista tenga convicciones. Pretender que quienes ejercen esta profesión carecen de valores, opiniones o posiciones frente a lo que ocurre sería desconocer la condición humana. El verdadero desafío aparece cuando esas convicciones comienzan a determinar qué hechos se investigan, cuáles se omiten, cómo se presentan y, sobre todo, qué conclusión se pretende que el público adopte antes de conocer toda la información.
La discusión, por tanto, no debería centrarse en si un periodista puede tener una posición ideológica. La pregunta más importante es otra. ¿Puede mantener la independencia de su trabajo cuando esa posición se convierte en una causa que está dispuesto a defender públicamente?
La historia reciente ofrece ejemplos que permiten entender la dimensión de este debate.
Cuando la investigación y la militancia se cruzan
Glenn Greenwald es uno de los casos más conocidos. Su trabajo periodístico sobre los documentos filtrados por Edward Snowden en 2013 contribuyó a revelar el alcance de los programas de vigilancia de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Aquella investigación le otorgó reconocimiento internacional y se convirtió en uno de los grandes referentes del periodismo sobre vigilancia y privacidad.
Sin embargo, Greenwald también ha asumido posiciones políticas públicas y una participación activa en debates partidistas y políticos. Esa combinación no borra sus aportes periodísticos ni significa, por sí misma, que sus investigaciones carezcan de valor. Pero sí plantea una pregunta legítima sobre la percepción de independencia cuando un periodista pasa de investigar el poder a intervenir activamente en las disputas políticas que lo rodean.
En el Reino Unido, Owen Jones representa otra expresión de esta tensión. Columnista y comentarista político, Jones ha construido durante años una audiencia alrededor de posiciones claramente identificadas con la izquierda británica. Su influencia demuestra que existe un público dispuesto a seguir a periodistas y comentaristas que comparten una determinada visión política.
Pero precisamente esa identificación también establece una frontera más difícil de ignorar. Cuando la audiencia conoce de antemano la posición política de quien analiza un acontecimiento, puede interpretar sus argumentos como análisis, opinión o activismo, dependiendo del contenido y del contexto.
Eso no convierte automáticamente sus trabajos en mal periodismo. Pero sí modifica la relación de confianza con el lector.
Un caso mucho más controvertido es Project Veritas, organización estadounidense conocida por realizar investigaciones encubiertas mediante cámaras ocultas. La organización se presentó durante años como una plataforma de periodismo de investigación y fue objeto de controversias por sus métodos, edición de materiales y afirmaciones sobre distintas instituciones y organizaciones.
El caso es relevante porque muestra qué ocurre cuando la percepción de una agenda previa termina ocupando el centro de la discusión. Cuando el público comienza a preguntarse si una investigación busca descubrir qué ocurrió o demostrar previamente una acusación, la credibilidad del trabajo queda inevitablemente bajo presión.
Los tres casos son diferentes y no pueden colocarse en el mismo nivel. Tampoco demuestran que un periodista con convicciones políticas esté condenado a hacer mal periodismo. Lo que sí evidencian es una tensión cada vez más presente entre la profesión periodística, la opinión política y el activismo.
El problema no son las convicciones
Un periodista no deja de ser periodista simplemente porque tenga una posición frente a determinados asuntos. La independencia tampoco significa ausencia de valores.
Significa algo más exigente.
Significa estar dispuesto a investigar incluso aquello que contradice las propias creencias. Significa verificar una información aunque perjudique a quien se considera cercano y reconocer un error aunque favorezca al adversario. Significa separar los hechos de las opiniones y permitir que la evidencia tenga la última palabra.
Ese es, precisamente, uno de los mayores desafíos del periodismo contemporáneo.
Las redes sociales han creado un escenario en el que la opinión genera, muchas veces, mayor interacción que la información. Una publicación cargada de indignación puede alcanzar miles de personas en cuestión de minutos, mientras una investigación que requirió semanas de trabajo puede recibir una fracción de esa atención.
El incentivo para tomar partido es evidente.
La audiencia crece. La interacción aumenta. Los seguidores se multiplican y el periodista puede convertirse en una figura de referencia para una comunidad política determinada.
Pero existe un costo que no siempre se advierte de inmediato. Cuando el periodista construye su identidad pública alrededor de una causa, corre el riesgo de que una parte de su audiencia deje de evaluar sus investigaciones por la calidad de los hechos y empiece a valorarlas por el grado de coincidencia con sus propias ideas.
Entonces ocurre algo peligroso.
El periodista ya no es escuchado porque verifica los hechos, sino porque confirma lo que una audiencia ya quiere creer.
Y allí comienza a romperse una de las funciones esenciales del periodismo.
Cuando la causa se convierte en filtro
El periodismo tiene una diferencia fundamental frente a la propaganda, la militancia y la opinión. No consiste simplemente en defender una posición, sino en someter la realidad a un proceso de verificación.
Por eso, un periodista puede investigar corrupción aunque simpatice con un determinado sector político. Puede cuestionar a un gobierno aunque haya votado por él. Puede revelar irregularidades dentro de una organización con la que alguna vez coincidió. Y puede reconocer una decisión acertada de alguien con quien mantiene profundas diferencias.
Esa capacidad de incomodar a todos es, paradójicamente, una de las señales más importantes de independencia.
Cuando una causa se convierte en el punto de partida y los hechos pasan a ocupar un lugar secundario, el proceso se invierte. Ya no se investiga para descubrir qué ocurrió, sino que se buscan elementos que permitan sostener una conclusión previamente adoptada.
La diferencia puede parecer pequeña, pero sus consecuencias son enormes.
Porque una sociedad democrática necesita ciudadanos informados, no audiencias divididas entre quienes creen ciegamente en una versión y quienes rechazan automáticamente cualquier información proveniente del otro lado.
La credibilidad es el verdadero patrimonio
En una época en la que cualquier persona puede abrir una cuenta en una red social, publicar información y presentarse ante miles de seguidores como fuente de noticias, el periodismo profesional enfrenta una competencia inédita.
La respuesta no puede ser convertirse en una versión más sofisticada del activismo.
El valor diferencial del periodista está precisamente en aquello que las redes sociales no garantizan por sí mismas. Verificar, contrastar, contextualizar, preguntar, investigar y asumir la responsabilidad por lo que se publica.
La independencia no exige periodistas sin opiniones. Exige periodistas capaces de poner sus opiniones en segundo plano cuando los hechos dicen otra cosa.
Porque al final, la pregunta que debería hacerse cualquier periodista antes de publicar no es si la información favorece a su causa, a su partido, a su gobierno, a su oposición o a su audiencia.
La pregunta es mucho más incómoda.
¿Publicaría esta misma información si demostrara que estoy equivocado?
Si la respuesta es no, quizá el problema ya no sea la manera de informar.
Quizá el periodista dejó de estar al servicio de los hechos y comenzó a estar al servicio de una causa.
Y cuando eso ocurre, puede conservar seguidores, influencia y visibilidad. Lo que difícilmente puede conservar intacto es aquello que sostiene toda la profesión: la confianza de quienes todavía esperan que, detrás de una noticia, estén los hechos y no una bandera.
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